miércoles, 29 de julio de 2009

Yo y mi yo.


Solo venia caminando mmm... eso creo, era por el barrio Londres y pensaba, que quizás el problema es que siempre me encuentro con personas, que el lugar no les corresponde, que les queda demasiado grande. A continuación, pasé a tener una conversación imaginaria con Sra. isensee.
Es necesario confesar que me la paso teniendo conversaciones imaginarias absolutamente con todo el mundo. Con mis padres, mi hermana, mis amigos, un mujer linda que vi desde el colectivo, la cajera del supermercado que tiene unas cejas increíbles, los vecinos que le pegan a los hijos, mujeres con las que estuve alguna vez, mujeres con las que estoy, mujeres con las que me gustaría estar. Y no, en general no me luzco demasiado en esas fantasías charladas, la cosa viene más por el lado del otro sorprendiéndome y yo tratando de tener una contestación decente.
Entonces, como dije, iba yo por barrio Londres teniendo una conversación imaginaria con Sra. isensee, en la que le decía que nosotros nunca deberíamos haber tenido sexo, que deberíamos haber sido solamente amigos; amigos que cogen un par de veces por año cuando están muy borrachos, pero no más que eso. Ella me decía algo así como que si quesiria saber que no me había gustado coger con ella, podría haber sido más sutil, y yo lo trataba de tontita y le decía que no, que el problema no había sido ese, sino que habría sido genial quedarnos con la afinidad intelectual y la contención emocional, que de haber sido así, seguiríamos estando el uno para el otro, que a veces me daba la sensación de que la única persona que alguna vez me entendió había sido ella. También le decía que aunque no lo extrañaba más, a veces me daba pena la forma en la que se habían terminado las cosas.
Todo este diálogo iba teniendo en la cabeza cuando tuve que doblar en la iglesia san francisco y ponerme en camino hacia san Diego. Como iba mirando para abajo, completamente distraído, me choqué con una muchacha. Durante dos segundos pensé que era ella, los colores de la ropa que llevaba, el color de piel, el color de pelo, la altura, todo encajaba más o menos. Y durante dos segundos sentí un alivio enorme, porque le iba a poder decir todas las cosas que le estaba diciendo a su otro yo que vive en mi cabeza, pero realmente estas cosas no sucedieron solo eran las que me gustaría que hubiesen sucedido, cosas que de otro modo nunca le diría. Pero no era ella, la mujer ni siquiera era parecida.
Para cuando me quise dar cuenta, ya estaba en la puerta de la librería. Así que abrí, saludé al vendedor y me tragué la angustia como si fuera una pastilla.

2 comentarios:

Unknown dijo...

quedaste como el tipo de la historia de "la Dulce Carola" (de Ismael Serrano) donde dice que el nunca se atreve a decirle nada a aquella muchacha, un día va al restaurant donde trabaja y decidido a hablarle, le pide "una sopa de cebolla", no se atreve a confesarle su amor, y dia tras dia, decidido a confesarle le pide una sopa de cebolla... pasaron los dias, los meses, pasaron los años y seguia comiendo la sopa de cebolla... resumiendo, nuestro amigo se quedo con la sopa de cebolla... como dijo alguien, "los amores cobardes no llegan a amores a historias, se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar"...

JP me hiciste recordar esa historia.

saludos.

volatil... dijo...

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